Con los años uno va entendiendo que no siempre puede solucionar los problemas de los demás.  A veces, lo único que se puede hacer es “estar ahí”.  Escuchar, acompañar y hacer sentir al otro que no está solo.

Quizás una de las cosas que cambia con la edad es la manera de mirar a las personas.  Después de haber vivido alegrías, pérdidas, preocupaciones y momentos difíciles, es más fácil entender que todos tenemos nuestras propias historias y que a veces no sabemos lo que está viviendo la persona que tenemos al lado.

La compasión no significa sentir lástima por el otro ni tener una solución para todo, sino que es simplemente darse cuenta que alguien necesita compañía.  Por ejemplo, puede ser llamar a una amiga que enviudó y preguntarle cómo está, aunque sepamos que probablemente responderá “bien”.  Puede ser acompañar a un vecino al médico porque le cuesta ir solo, o pasar a visitar a alguien que lleva varios días sin salir de su casa.

Las personas mayores tienen mucho que entregar en ese sentido.  La experiencia les permite comprender que no todo es blanco o negro y que cada persona enfrenta la vida de una manera diferente.

Una persona que ha cuidado a sus hijos, que ha perdido a seres queridos, que ha tenido problemas económicos, que ha enfrentado enfermedades o simplemente ha pasado por momentos de soledad, sabe que hay días en que uno necesita que alguien esté cerca.  Y quizás por eso una persona mayor pueda entender algo que a veces olvidamos, y que, detrás de alguien que se aleja puede haber tristeza, que detrás de alguien que dice “no necesito nada” puede haber alguien que simplemente no sabe cómo pedir ayuda.

La compasión también está en los pequeños detalles, como en guardar un pedazo de torta para la vecina porque sabemos que le gusta, en llamar a un nieto para saber cómo le fue en una entrevista de trabajo, en acompañar a una amiga a hacer un trámite que le cuesta.  En preguntar ¿cómo estás de verdad? y tener tiempo para escuchar la respuesta.  Esta compañía no solo beneficia a quien la recibe, también a quien la entrega.  Compartir un momento, escuchar una historia o sentir que fuimos importantes para alguien puede generar vínculos que muchas veces terminamos valorando más de lo que imaginamos. 

Quizás ahí está una de las grandes satisfacciones que nos entrega la edad:  entender que todavía podemos ser importantes para otros.  Que siempre hay alguien a quien podemos escuchar, acompañar o simplemente regalarle un poco de nuestro tiempo.  Porque, al final, estar para los demás también es una manera de darle sentido a nuestra propia vida y muchas veces descubrimos que, mientras acompañamos a alguien, también nosotros nos sentimos un poco más acompañados.